Todavía no se lo he dicho a mi jardín
Para Socorro Olvera Nieves
Tal vez, si algún talento he tenido, se refiere a poseer cualidades para la enseñanza. A los 16 años me desempeñé como maestro en la materia de Historia, y tuve a mi cargo a un grupo de unos quince alumnos que cursaba primer grado de secundaria.
A la fecha, ya no soy docente. Me he jubilado de mis actividades profesionales y dispongo de tiempo; por ello escribo con el afán de que algún lector encuentre en mis relatos alguna idea, dato o reflexión que de alguna manera le sirva en su vida. Al menos, para una ocasional sonrisa que le aligere la carga de la jornada del día.
Para escribir se requieren, cuando menos, dos requisitos: saber leer y experiencias de vida. En mi caso, todavía recuerdo el libro en que aprendí mis primeras letras en el lejano, muy lejano lugar de la galaxia: Rosas de la infancia, lo que me permitió, cuando contaba con nueve o diez años, despacharme los veinte tomos de El Tesoro de la Juventud de la biblioteca de mis padres, que para mí fue como descubrir una mina de piedras preciosas, al grado tal que hice llegar a mis hijos esa colección.
Ahora, ya en la vejez, prácticamente retirado, me he convertido en escribidor, no en escritor, pues para ese nivel me falta talento y dedicación, y mi meta es más modesta: colocar en la palma de la mano pequeños relatos como granos de arena, no pepitas de oro. Mis letras pretenden que vislumbren lo que me va ocurriendo en cuerpo y mente, mientras mis pasos me conducen al destino que a todos nos espera.
En estos días, una novela ocupa mi interés. Se trata de la obra de la autora italiana Pia Pera, nacida en 1956 y fallecida en 2016. Ella publicó, en el año de su fallecimiento, un relato biográfico que tituló Aún no se lo he dicho a mi jardín. Pia Pera nos informa en su trabajo que se le diagnosticó una enfermedad degenerativa incurable. Su propio cuerpo y corazón ya se lo habían advertido. Poco a poco, su salud se deterioraba. Su mente se negaba a aceptar la sentencia fatal. Suponía curas, medicamentos o tratamientos que revirtieran la enfermedad, inútilmente.
La escritora nos confía en su obra:
“No puedo negar que ando con mucha cautela, que me falta equilibrio, que el margen que me separa de la silla de ruedas se ha reducido más”.Su preocupación primordial en esa época de su vida era su jardín, el cual amaba porque le proporcionaba placeres de paz y tranquilidad, y se preguntaba: ¿quién lo cuidará cuando falte? ¿Quién estará al pendiente de sus necesidades y requerimientos?
Todo ello me remitió al último año de vida de mi madre. Lupita, como le gustaba que la llamara, no Guadalupe. Al final, vivió postrada en cama, su lecho al lado de mi hermana Martha Susana, quien también vivió recluida y atada a la cama. A ambas las cuidó Soco, quien llegó a sus vidas como una postrer hija y hermana, porque el resto de la familia ya había formado otras familias y vivía lejos del terruño provinciano.
Paradoja de la vida: Socorro era solicitada desde temprana hora cada día, bajo la exclamación: ¡Soco, mis plantas!
Mi madre era jardinera de corazón. La vida la instruyó sobre el carácter de plantas y flores. Las había díscolas, cariñosas, silenciosas, parlanchinas, generosas, que regalaban hermosas y fragantes flores, o las que se envolvían en vestiduras de hilos blancos y finos, como nubes de cabellera que ocultaban miles de pequeñas espinas destinadas a defenderse de posibles daños.
Mi madre y ellas conversaban, reían y disfrutaban de la vida. Ellas, colocadas en cuencos de maceta, en tarimas escalonadas, conocían el rumor de los pasos de su ama cuando cada jornada las atendía con amor y dialogaba en lenguajes desconocidos, entre el murmullo del roce de hojas, pétalos y ramas que solo ellas conocían.
Mi madre, como le ocurrió a la escritora Pia, antes del colapso físico de su movilidad, pudo haber hecho las mismas reflexiones:
“Aún no se lo he dicho a mi jardín,No soy jardinero, soy aficionado. Cuido un jardín pequeño, apenas unas cuantas docenas de plantas. Día a día, mi rutina al despuntar de la jornada inicia: primero, mi jardín, y lo menos que puedo hacer por él, por ellas, es que no les falte agua. Lo segundo: cruzar saludos, recibir amaneceres, intercambiar preocupaciones. Todo ello en silencio para el mundo; en diálogo para nosotros. Aprendí de mi madre y… nos entendemos.
aún no me veo con la fuerza,
no he podido confesárselo...
¿Cómo tienes la desfachatez de morir?”
Ahora, como escribió Pia, “ya no soy la misma… La lentitud del andar, la cautela con que avanzo paso a paso, la prudencia con que decido cada movimiento…”, eso es preludio de que, al tiempo, no dentro de mucho, yo mismo tendré que decírselo a mi jardín.
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Posdata.— Ya se desató la fiebre preelectoral. Los que se postulan o se autoproponen, ojalá coloquen en lugar privilegiado de sus propuestas a los miles de desaparecidos y a sus familias. Es inconcebible que esto nos esté pasando. Si existe un Dios, pido su misericordia.

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