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Elemental, mi querido Watson

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A la mejor generación del doctorado de la UJED El maestro indiscutido, para mí, de que el sentido común es el menos común lo resume la frase: “Elemental, mi querido Watson”. Lo que significa que, por más evidente, visible e ilógico que se presente ante nuestros ojos un hecho, lo interpretamos, lo asimilamos o lo adoptamos como verdad indiscutible, a pesar de que el más elemental o simple análisis nos dicta lo contrario. Para empezar, día a día, a toda clase de familiares, amigos, vecinos o ajenos, ante la consabida pregunta del día: “¿Cómo amaneciste?”, la respuesta —que desde luego es 99% mentira— es: “Bien, muy bien”. Cuando lo cierto es que durmió mal. O en las primeras noticias de la televisión mañanera, la presidenta nos endilgó que, mientras los gringos no nos muestren pruebas fehacientes —o sea, de las que no existe duda de su verdad— de que Rubén Rocha es un malnacido, homicida, mentiroso, coludido con el crimen organizado, no lo enviará a prisión a los Estados Unidos, porque M...

Un mundo de contradicciones

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Dedicado a la Copa del Mundo 2026  Me regalaron una novela publicada por el Fondo de Cultura Económica y, como contradicción al nombre de la editorial, la novela es un ejemplar gratuito de un tiraje de 85 mil, (vaya economía con ese dispendio.) Se pregunta uno cuál es la calidad de esa novela que amerita regalar miles de ejemplares. La respuesta es obvia. Eso parece ser que solo se le puede ocurrir a Ignacio Taibo, su director, en un arranque de morena austeridad franciscana. La novela en cuestión se titula La muerte de Tyrone Power en el Monumental del Barcelona , que en esencia es un relato plagado de contradicciones. 1. Tyrone Power fue un reconocido actor de cine por la década de los años cuarenta a cincuenta del siglo XX, famoso por su apostura de raza blanca, aun cuando suene ahora políticamente incorrecto. En la novela en cuestión, Tyrone Power no es de raza blanca, sino negro; no es actor, es futbolista, todo un crack del fútbol soccer en retiro. 2. En la novela, nuestro Ty...

Copa del Mundo 2026

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Hace unos días inició la Copa del Mundo 2026, con partidos a celebrar entre ciudades sedes: la Ciudad de México, otro en Estados Unidos y el tercero en una urbe del Canadá. Por nuestra herencia bananera, el gobierno, utilizando el evento como distractor de los graves problemas de criminalidad organizada, de miles de personas desaparecidas, de un nulo desarrollo o crecimiento económico, había festejado el día anterior la ola de aficionados más grande del mundo, que pasó a récord mundial Guinness. (¡Cosas veredes, mio Cid!). En 1986, por una situación fortuita, pude asistir como simple y vulgar aficionado a un partido de la Copa del Mundo celebrado ese año. Mi compadre Sergio Pérez Medodio me invitó al partido de México contra Alemania, celebrado en Monterrey, Nuevo León. Cuando el partido inició, me di cuenta porque estaba fascinado: nunca había visto una ola. Y, ante mis ojos, miles de aficionados se levantaban y se sentaban, formando una especie de ola. Invención, según me dijer...

Amé y fui amado

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He ido avanzando en la lectura del libro Aún no se lo he dicho a mi jardín , de la escritora italiana Pia Pera, con continuas referencias personales sobre cuestiones que se nos plantean cuando la vida nos ha presentado, o está por hacerlo, la factura, y llegó la hora de pagar. Pia reflexiona sobre un pensamiento del filósofo Sócrates respecto de que la tarea más importante en la vida es prepararse para la muerte, y para ello la misión que debemos cumplir consiste en practicar la virtud, amar la sabiduría, el valor, la justicia y la libertad. Nuestra escritora recuerda versos de Pushkin: Es la hora, amiga, es la hora, la paz petrifica el corazón, se persiguen uno tras otro los días y cada hora lleva un fragmento de existencia; mientras hacemos planes de vida, justo entonces se muere. Hermosos pensamientos. En mi caso, pocos planes me formulo. Antes, en el curso de mi existencia, debí tomar constantes decisiones y era mi costumbre plantearme Plan A, Plan B, Plan C, y así sucesivamente, p...

Todavía no se lo he dicho a mi jardín

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Para Socorro Olvera Nieves Tal vez, si algún talento he tenido, se refiere a poseer cualidades para la enseñanza. A los 16 años me desempeñé como maestro en la materia de Historia, y tuve a mi cargo a un grupo de unos quince alumnos que cursaba primer grado de secundaria. A la fecha, ya no soy docente. Me he jubilado de mis actividades profesionales y dispongo de tiempo; por ello escribo con el afán de que algún lector encuentre en mis relatos alguna idea, dato o reflexión que de alguna manera le sirva en su vida. Al menos, para una ocasional sonrisa que le aligere la carga de la jornada del día. Para escribir se requieren, cuando menos, dos requisitos: saber leer y experiencias de vida. En mi caso, todavía recuerdo el libro en que aprendí mis primeras letras en el lejano, muy lejano lugar de la galaxia: Rosas de la infancia , lo que me permitió, cuando contaba con nueve o diez años, despacharme los veinte tomos de El Tesoro de la Juventud de la biblioteca de mis padres, que para mí f...

Soy Tomasa y estoy feliz

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Soy Tomasa y estoy feliz. Soy adoptada; no recuerdo a mi madre. Seguramente no tuve una infancia feliz: sufrí malos tratos, mala alimentación y poco afecto y cariño. Un día, apenas en la infancia, me extravié en la calle, y solo la fortuna me puso en una cadena de manos bienhechoras. Finalmente encontré un hogar permanente y gané una hermana. Hace poco, mientras mi vida transcurría sin mayores sobresaltos, probablemente algún alimento afectó mi salud. De repente, mi temperatura corporal se disparó y, con ella, llegaron convulsiones que duraban minutos: ataques incontenibles de actividad. Corría de un lado a otro sin ningún propósito o sentido; me sentía fuera de mí. Mi hermana Artemisa se aterrorizó; se apartaba de mí sin entender mis súbitos cambios de comportamiento y huía en cuanto se presentaban las convulsiones. Con todo ello llegó la angustia familiar. Mis padres se alarmaron y terminé en manos de doctores. Increíble: pasé por laboratorio, análisis médicos y exámenes clínicos con...

Cuánto ha cambiado el mundo

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Cuando la vida me permite ingresar a la década de los años 90, la energía física ha disminuido considerablemente, lo que es inevitable. Ya soy viejo y propenso a recordar pasajes de mi vida; en mi niñez y hasta la adolescencia, el escenario de mi existencia fue un pequeño pueblo provinciano, donde la vida citadina estaba penetrada por raíces profundas de contenido rural. No existían los negocios que ahora denominamos tiendas de conveniencia, como los Oxxo, los Seven Eleven, etcétera, sino pequeños locales donde doña Chona, don Pepe, etcétera, ofrecían las más diversas mercancías: desde el pan cotidiano hasta toda clase de verduras y frutas, o artículos de costura. Podía, de niño, obtener dulces a un precio de un centavo, cuando aún circulaban esas humildes monedas. Jugaba al trompo, al yoyo, a las canicas, o a diversiones como los encantados. El cine era una dimensión especial, reservada a una vez por semana, y no siempre, porque no existían películas destinadas a los infantes; l...