Amé y fui amado
He ido avanzando en la lectura del libro Aún no se lo he dicho a mi jardín, de la escritora italiana Pia Pera, con continuas referencias personales sobre cuestiones que se nos plantean cuando la vida nos ha presentado, o está por hacerlo, la factura, y llegó la hora de pagar.
Pia reflexiona sobre un pensamiento del filósofo Sócrates respecto de que la tarea más importante en la vida es prepararse para la muerte, y para ello la misión que debemos cumplir consiste en practicar la virtud, amar la sabiduría, el valor, la justicia y la libertad.
Nuestra escritora recuerda versos de Pushkin:
Es la hora, amiga, es la hora,
la paz petrifica el corazón,
se persiguen uno tras otro los días
y cada hora lleva un fragmento de existencia;
mientras hacemos planes de vida,
justo entonces se muere.
Hermosos pensamientos. En mi caso, pocos planes me formulo. Antes, en el curso de mi existencia, debí tomar constantes decisiones y era mi costumbre plantearme Plan A, Plan B, Plan C, y así sucesivamente, porque en el transcurrir de la existencia es difícil que no surjan imponderables que casi nunca dejan en pie el primero, a veces ni ulteriores planes.
Cuando se es infante, los asuntos filosóficos sobre preguntas fundamentales: ¿quién soy?, ¿qué voy a hacer con mi vida?, ¿dónde está Dios?, ¿existe Dios?, y otras de similares temas, ni siquiera se nos ocurren. Cuando se llega a joven o adulto nos preocupan otras cuestiones: ¿a qué me dedicaré?, ¿con quién formaré un hogar?, ¿la vida es justa?, ¿existe la verdadera libertad?, y otras parecidas. En la vejez, en la tercera edad, en su etapa final, con tiempo de ocio, otras interrogantes se nos plantean: ¿tomé en la vida decisiones correctas?, ¿eduqué correctamente a mis hijos?, ¿existe Dios?, ¿existe una vida después de la muerte?, etcétera, etcétera.
Asalta la mente, sin aviso, el tema de Dios. Oscila la discusión mental desde la aceptación fatalista de que todo está en manos de Dios, al extremo de que Dios no existe. La lógica lo niega, la fe lo sostiene y, de mi parte, mi intuición me dicta que miles de años de generaciones de humanos que nacen, crecen y mueren, como lo hacen todos los seres vivientes de la naturaleza, no han podido demostrar con toda claridad la respuesta a este asunto. Pero cuando la salud, la vida o las necesidades apremian, sobre todo a hijos o nietos, el ruego interno ante Dios se hace presente. Dios diría: ¿no que no, Margarito?
De mi parte, al parecer todas las religiones habidas y por haber parecen coincidir en lo fundamental: en cumplir ciertos mandamientos de índole moral, lo que los católicos predican como contenido de los Diez Mandamientos. La posibilidad de que exista una vida después de la muerte es un asunto irresoluble, y este es ajeno a la responsabilidad de que, como humano, pertenezco a un grupo social, y ello implica responsabilidades y derechos. Cumplir con los primeros y ejercer los segundos, eso sí está en nuestras manos, y la mejor manera de darles lustre lo resume el filósofo Confucio en su sentencia: “No hagas a otro lo que no quieras que a ti te hicieran”.
En el terreno de la libertad, esta solo debe tener como límite la libertad de otros, incluso el derecho de decidir sobre la propia existencia cuando esta resulta una carga para sí o para otros.
Nosotros, como lo relata la novela, somos como los árboles: viven y mueren lentamente, con la dignidad de quien no se altera ni al venir al mundo ni al dejarlo. Así escribe Pia, y agrega que poco a poco, contra su voluntad, deja de cuidar a su jardín, y su preocupación: ¿quién lo cuidará cuando yo falte?
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Pia reflexiona sobre un pensamiento del filósofo Sócrates respecto de que la tarea más importante en la vida es prepararse para la muerte, y para ello la misión que debemos cumplir consiste en practicar la virtud, amar la sabiduría, el valor, la justicia y la libertad.
Nuestra escritora recuerda versos de Pushkin:
Es la hora, amiga, es la hora,
la paz petrifica el corazón,
se persiguen uno tras otro los días
y cada hora lleva un fragmento de existencia;
mientras hacemos planes de vida,
justo entonces se muere.
Hermosos pensamientos. En mi caso, pocos planes me formulo. Antes, en el curso de mi existencia, debí tomar constantes decisiones y era mi costumbre plantearme Plan A, Plan B, Plan C, y así sucesivamente, porque en el transcurrir de la existencia es difícil que no surjan imponderables que casi nunca dejan en pie el primero, a veces ni ulteriores planes.
Cuando se es infante, los asuntos filosóficos sobre preguntas fundamentales: ¿quién soy?, ¿qué voy a hacer con mi vida?, ¿dónde está Dios?, ¿existe Dios?, y otras de similares temas, ni siquiera se nos ocurren. Cuando se llega a joven o adulto nos preocupan otras cuestiones: ¿a qué me dedicaré?, ¿con quién formaré un hogar?, ¿la vida es justa?, ¿existe la verdadera libertad?, y otras parecidas. En la vejez, en la tercera edad, en su etapa final, con tiempo de ocio, otras interrogantes se nos plantean: ¿tomé en la vida decisiones correctas?, ¿eduqué correctamente a mis hijos?, ¿existe Dios?, ¿existe una vida después de la muerte?, etcétera, etcétera.
Asalta la mente, sin aviso, el tema de Dios. Oscila la discusión mental desde la aceptación fatalista de que todo está en manos de Dios, al extremo de que Dios no existe. La lógica lo niega, la fe lo sostiene y, de mi parte, mi intuición me dicta que miles de años de generaciones de humanos que nacen, crecen y mueren, como lo hacen todos los seres vivientes de la naturaleza, no han podido demostrar con toda claridad la respuesta a este asunto. Pero cuando la salud, la vida o las necesidades apremian, sobre todo a hijos o nietos, el ruego interno ante Dios se hace presente. Dios diría: ¿no que no, Margarito?
De mi parte, al parecer todas las religiones habidas y por haber parecen coincidir en lo fundamental: en cumplir ciertos mandamientos de índole moral, lo que los católicos predican como contenido de los Diez Mandamientos. La posibilidad de que exista una vida después de la muerte es un asunto irresoluble, y este es ajeno a la responsabilidad de que, como humano, pertenezco a un grupo social, y ello implica responsabilidades y derechos. Cumplir con los primeros y ejercer los segundos, eso sí está en nuestras manos, y la mejor manera de darles lustre lo resume el filósofo Confucio en su sentencia: “No hagas a otro lo que no quieras que a ti te hicieran”.
En el terreno de la libertad, esta solo debe tener como límite la libertad de otros, incluso el derecho de decidir sobre la propia existencia cuando esta resulta una carga para sí o para otros.
Nosotros, como lo relata la novela, somos como los árboles: viven y mueren lentamente, con la dignidad de quien no se altera ni al venir al mundo ni al dejarlo. Así escribe Pia, y agrega que poco a poco, contra su voluntad, deja de cuidar a su jardín, y su preocupación: ¿quién lo cuidará cuando yo falte?
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Posdata para mi familia y amigos.— No sé si cuando me marche iré o no a un lugar, o simplemente desapareceré, pero sepan que, como alguna vez alguien muy querido me dijo, “tu canción favorita debe ser A mi manera”. Así que no se aflijan: amé y fui amado.

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