Hallazgos inesperados
La vida nos depara encuentros insólitos, unos agradables, otros no tanto; lo que los caracteriza es precisamente lo inesperado de su presencia.
Apenas hace dos o tres días, en tránsito pedestre, después de acudir a
estrenar un corte de pelo, llegué a una casa aledaña a la peluquería que
exhibía artículos a bajo costo, en venta de cochera. Considerando que mi agenda
diaria de semi retiro me permitía desperdiciar un poco de tiempo, entré en la
cochera y recorrí su corto espacio sin propósito definido de adquirir algún
objeto. En un rincón, en una repisa, descansaban una o dos docenas de libros
usados y, por mi inveterada costumbre de ver libros y saludarlos, cumplí con
esa costumbre adquirida desde niño.
Me llamó la atención un pequeño impreso: Cartilla moral,
de la pluma del afamado filósofo y escritor Alfonso Reyes, de la cual había
escuchado referencias. Su precio: la mitad de lo que cuesta una modesta
Coca-Cola. Pasó a mis manos. Primera sorpresa.
Seguí escudriñando los demás libros y he aquí la segunda sorpresa: apareció
el libro Manual de criminología, de mi autoría, publicado en
primera edición en 1978, algo maltratado; los años no pasan en vano, como le
sucedió a su autor. Tenía que rescatarlo de su orfandad, dado que su costo era
el de una Coca-Cola. Volvió a mi redil.
La señora propietaria de la cochera, enterada de que el propio autor estaba
adquiriendo el libro, llamó a otro familiar, quien confirmó que uno de sus
hijos, estudiante preparatoriano en tiempo pasado, lo había tenido asignado
como libro de texto y que los dibujos que aparecían en algunas páginas se
debían a travesuras de otros hijos menores.
Este incidente me recordó a mis días de estudiante universitario, cuando con
alguna frecuencia, los domingos, acudía a La Lagunilla, en una zona aledaña al
primer cuadro de la Ciudad de México, donde se colocaban alrededor de un
centenar de pequeños expendios de venta de libros usados, uno al lado de otro,
a lo largo de dos o tres cuadras. “Por ver no cobran”, y en esos tiempos de
estudihambre solo compraba algún libro que me llamara la atención y que
estuviera a mi alcance económico.
En una de esas visitas encontré un libro de la autoría del doctor Hans
Gross, de Graz: Manual del juez, traducción
del alemán, publicado por el editor Lázaro Pavía en la imprenta de Eduardo
Dublán, en México, en el año de 1900; o sea que la fecha cuenta con 126 años.
Me costó una Coca-Cola de las actuales. Este libro es el primero que dedica su
temática con toda propiedad a la ciencia de la criminalística.
Gross dedica esta obra a jueces, escribanos, agentes de la policía,
etcétera, explicándoles la necesidad de que las ciencias auxiliares, ahora
llamadas forenses, ilustren las causas o factores que dieron lugar al hecho
delictuoso. En su capítulo de análisis examina el interrogatorio, la inspección
ocular, la labor pericial del médico forense, tatuajes, cabellos, manchas,
falsificación de documentos, empleo de la fotografía, el retrato hablado, las
simulaciones de los delincuentes, la criptografía, planimetría y grafía
forense, etcétera. A la fecha, después de más de cien años, lo que predicaba
Hans Gross sigue siendo válido. Este es el ejemplo más valioso de mi biblioteca
y un hallazgo inesperado.
El tercer relato que comparto a mis cuatro lectores llegó a mi conocimiento
por medio de mi hija Laura. Anthony Hopkins, uno de los ilustres actores del
cine contemporáneo, que ha encarnado personajes como Aníbal el Caníbal o al
papa Ratzinger, en una ocasión debía desempeñar el papel de un personaje
inspirado en un personaje de una novela literaria. Hopkins buscó en Londres, en
todas las librerías que pudo, la novela, pero sin éxito. Desalentado y cansado,
se dirigió al metro londinense para regresar a su hogar.
Se sentó en una banca y, cerca de él, alcanzó a ver, en otro lugar vacío del
tren del metro, un libro. Se levantó y observó con sorpresa que se trataba de
la novela tan buscada. No había nadie y el libro pasó a sus manos. Lo más
increíble era que, al dar lectura al libro, este estaba acotado con notas
manuscritas de otro lector, las que le sirvieron para construir al personaje
que finalmente desempeñó en el curso de la filmación.
Le fue presentado a Hopkins el autor de la novela que dio origen al
argumento de la película. Este autor le relató que un ejemplar de su novela, un
último que le quedaba, lo prestó a un amigo y que este lo disfrutó con mucho
placer, pero lamentablemente lo había extraviado en el metro de Londres. Lo
lamentaba, pues había puesto muchas notas en él. Hopkins le mencionó su
hallazgo y, en efecto, se trataba del mismo libro.
El destino trazó el camino que el libro debía recorrer para llegar a la
persona adecuada en el momento preciso.
P.D Estimado lector: que este 2026 te depare hallazgos inesperados y
venturosos.
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