Acámbaro, cinco siglos
Acámbaro, lugar de magueyes según la lengua tarasca, es un valle al pie de los cerros El Toro y El Chivo, en el límite de los estados de Guanajuato y Michoacán, y a orillas del río Lerma o río Santiago.
En ese valle, supongo que a principios del siglo XVI, existían miles de
magueyes; ahora solo por casualidad los encuentras. En ese lugar, Nicolás
Montañés, indio tlaxcalteca bautizado con nombre y apellido español, al frente
de un puñado de paisanos —obviamente tlaxcaltecas, no españoles—, en el afán
conquistador de los recién llegados hispanos a Mesoamérica de propagar la fe de
la religión católica y, desde luego, de obtener beneficios económicos, ¡faltaba
más!, se dio a la tarea de fundar el poblado de Acámbaro en el año de 1526.
Siguiendo las directrices de la época, a partir de la plaza o espacio
central, presidido en primer orden por lotes dedicados a la religión y bajo una
traza en cuadrícula —que por desgracia no se respetó al cien por ciento—, se
diseñó la edificación donde, poco a poco y en años, se levantó la iglesia de
San Francisco y su convento, a cargo, obviamente, de religiosos de la orden de
San Francisco.
En ese año apenas se cumplían cinco de la caída de Tenochtitlán en manos de
los españoles, apoyados por cientos, o quizá miles, de indígenas tlaxcaltecas y
de otras etnias, enemigos jurados de los mexicas o aztecas.
Acámbaro se fundó en ese glorioso año, por lo que ahora cumplimos cinco
siglos. Somos, pues —yo nací en Acámbaro hace cerca de cien años, o sea en 1935, el primer poblado
hispano-indígena fundado en el estado de Guanajuato—, ombligo de la galaxia de
la Vía Láctea y centro del universo, según mi visión acambageocéntrica que
acabo de inventar, valga la redundancia.
Así que, estimados cuatro lectores, permítanme presumirles que mis ancestros
se remontan, cuando menos, a cinco siglos.
Mucha agua ha corrido por los orígenes del río Lerma, que bordea al pueblo
desde hace varios ayeres. Elevada ciudad en el curso de la historia de este
país, Acámbaro ha sido víctima de la injusticia en la memoria de los hechos
trascendentales de nuestra nación.
Por ejemplo, la primera —la PRIMERA, con letras mayúsculas— mujer destacada
que tomó las armas cuando Hidalgo convocó al pueblo mexicano a luchar por la
causa de la Independencia fue María Catalina Gómez de Larrondo, quien, al
frente de un grupo, apresó a las autoridades virreinales en el pueblo de
Acámbaro, puso en libertad a los prisioneros de la cárcel del lugar e instaló
autoridades insurgentes.
Fue en Acámbaro, el 22 de octubre de 1810, cuando Hidalgo, a su paso por ese
lugar después de la toma de la ciudad de Guanajuato, pasó revista al naciente
ejército libertador y donde el Padre de la Patria recibió el nombramiento de
Generalísimo de todas las fuerzas libertadoras de América ¡Faltaba más!
Múltiples sucesos se pueden mencionar en el curso de cinco siglos respecto a
su impacto para el país, y no está en mi capacidad hacer un relato exhaustivo
de ello; sin embargo, he de citar algunos.
En Acámbaro se libraron, en sus hogares, en sus templos, escuelas y en su
cementerio, hechos cruentos de la confrontación religiosa denominada la Guerra
Cristera, por considerarse un bando como soldados de Cristo Rey, la cual se
desarrolló en el segundo lustro de los años veinte del siglo XX en varios
estados del centro del país.
Acámbaro cambió su vida rural a una mixta rural-comercial cuando, en la
década de los años treinta del siglo XX, el ferrocarril instaló un taller para
dar mantenimiento y reparación al material necesario para este medio, la
llamada Casa Grande, considerando que de este tipo de instalaciones solo se
construyeron alrededor de diez o quince en todo el país durante los años que
corrieron de fines del siglo XIX al último cuarto del siglo XX, es decir,
alrededor de cien años.
La segunda conmoción social y económica que sufrió Acámbaro fue a raíz de la
construcción de la presa Solís, a unos diez kilómetros de la ciudad, a fin de
regular las avenidas del río Lerma. Esta presa, en sus tiempos —alrededor de
los años treinta y cuarenta— dio un vuelco a la vida cotidiana: pasamos de ser
un poblado con costumbres semi-feudales a uno de actividades semi-comerciales
del corte del llamado desarrollo nacional instaurado por el gobierno de Miguel
Alemán.
Cuando contaba con nueve años, en junio de 1944, el presidente Ávila Camacho
se presentó en Acámbaro para la inauguración de la segunda máquina locomotora a
vapor de ferrocarril construida por manos mexicanas en el taller de la Casa
Grande, de las cuales únicamente el país ha construido hasta la fecha dos: la
295 y la 296, esta última bautizada como La Fidelita,
en honor a la hija recién fallecida en esas fechas del ingeniero Andrés Ortiz y
su esposa, gerente general de los Ferrocarriles Nacionales de México, antes de
que se privatizara esa empresa.
La 295 y la 296 fueron, en sus respectivas inauguraciones, operadas por mi
padre, Alberto Orellana Martínez, maquinista de camino, quien desde los quince
o dieciséis años ingresó a trabajar en los ferrocarriles y permaneció en ellos
hasta que se jubiló en la década de los años sesenta.
Desde los dieciocho años, cuando salí de Acámbaro para estudiar en la UNAM
la carrera de abogado, en 1953, dejé de radicar en esa ciudad; pero dejé mi
corazón ahí, como reza la famosa canción americana.
Posdata: Envidio a mis paisanos que viven en ese
entrañable lugar, pero no me arrepiento. La vida me llevó a otros rumbos, donde
he podido labrar el futuro para mis hijos, nietos, bisnietos y lo que venga.
Feliz año 2026.
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