Historias olvidadas o marginadas

 


Australia, y no me refiero a un lejano continente, sino a un historiador que él mismo ignoraba que lo fuera, salvo porque escribió un libro cuyo nombre es por demás curioso. En efecto, Gerardo Australia publicó, por parte de la reconocida editorial Grijalbo, en el año 2023, el libro que aparece bajo la denominación Una historia en cada hijo te dio, dedicado a una colección de relatos de crónicas insólitas de México y su gente.

En este libro se recuerda el notable suceso ocurrido el 31 de julio de 1958 en la Ciudad de México. Australia relata que ese día Judy pasó a la historia. Judy era el nombre de una elefanta que fue adquirida por el gobierno de la Ciudad de México para que formara parte del Zoológico de Chapultepec. Ella trabajaba para el afamado circo norteamericano Ringling Brothers y llegó a esta ciudad en compañía de otras orejonas y trompudas congéneres: Amina, Seeta, Rommi y Terra. Viajaron en ferrocarril hasta la estación Balbuena, aterradas porque no hablaban español y no entendían el porqué de su traslado a un sitio desconocido.

Descendieron del vagón de ferrocarril y las instalaron en una bodega de forma provisional mientras amanecía, para luego trasladarlas. El estruendo de las máquinas de vapor, los silbidos de las locomotoras y el trajín de la estación, lejos de tranquilizar a Judy y a sus compañeras, las aterraron. En su estado de intranquilidad escaparon y se internaron en las calles aledañas a la estación Balbuena. Judy se alejó de sus amigas y tomó por las calles de la colonia Santa María la Ribera, colindante a esa estación.

La gente que a esas horas se topaba de repente con un elefante huía en desbandada. A poco llegaron patrullas de policía con sirenas: más ruido, más escándalo y más temor para Judy. De la nada salió un borrachín que, en su estado etílico, se le ocurrió acercarse a Judy y, por qué no, jalarla de la cola. Judy, en defensa de su honor agredido, decidió bailar un jarabe tapatío sobre la humanidad del agresor y, obviamente, lo envió al otro mundo ante el vocerío de la multitud.

La policía, enfrentada a un asunto tan insólito como es su distintivo, decidió que había que matar al elefante. Judy cayó sin vida después de recibir disparos, víctima de la ignorancia del idioma español y de la incompetencia de los jenízaros disfrazados de orden público. La buena noticia fue que sus amigas elefantes fueron detenidas sin novedad y con vida.

Otra de las muchas historias que relata Australia es la siguiente:

Lola Álvarez Bravo, fotógrafa de mediados del siglo XX, famosa por la calidad de su trabajo, instaló en la colonia Juárez de la Ciudad de México barrio de distinguida prospapia cultural, una galería de arte, la Zona Rosa en esa época.

La galería no fue el éxito que su creadora supuso; a pesar de ello, logró organizar la exposición de una colección de cuadros de afamados pintores mexicanos surgidos a raíz de la Revolución.

Entre esos cuadros prestados a la galería se encontraba un lienzo de Frida Kahlo. El cuadro se intitulaba Naturaleza muerta y había sido adquirido por el compositor y director de orquesta Carlos Chávez. Este músico, a petición de la propia Frida, prestó la pintura para integrar la exposición. Carlos Chávez accedió sin más condición que se le regresaría al concluir la exposición, que duraría del 13 al 27 de abril de 1953.

A la fecha ya no hay quien recuerde esa galería, pero lo que sí impactó fue la exposición aludida, pues Frida asistió a ella conducida en ambulancia, ya muy enferma y postrada en cama. Tuvo que instalarse en la sala principal de la exposición un lecho donde la propia Frida presidió la inauguración, con la participación de Carlos Pellicer, destacado poeta de la literatura mexicana, quien leyó un poema que no logró terminar, pues le invadió el llanto. A continuación, otro afamado poeta, Andrés Henestrosa, cerró con broche de oro literario el asunto al cantar La Llorona a todo pulmón. A la citada ceremonia acudió una multitud que tuvo que ser controlada por la policía.

Todavía seis meses después de la exposición, Carlos Chávez le escribió a Frida una respetuosa misiva pidiéndole la devolución de su cuadro. Como no tuvo respuesta, Carlos Chávez, pensando que Frida no estaba en condiciones de salud, se dirigió a Diego Rivera para gestionar el envío de su pintura, sin éxito. Algunos suponen que Diego Rivera ni siquiera contestó a Carlos Chávez porque el músico, en su calidad de director de Bellas Artes, se opuso a colocar en ese emblemático lugar un mural de Diego Rivera de clara inclinación temática antiyanqui.

En otras ocasiones se le pidió a Carlos Chávez algunas obras en préstamo de su valiosa colección; siempre se negó. Seguramente quedó escamado, pues la pintura de Frida nunca se le devolvió.

Posdata: hoy el cuadro se exhibe en el Museo Frida Kahlo.

Estimado lector: si puede, lea este libro de Australia y disfrute sus incontables y amenas historias ignoradas.

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