La pólvora



A mis coterráneos, por sus 500 años

En México, sobre todo en el centro y sur del país, no pudiera concebirse una festividad religiosa —y algunas profanas— sin el estruendo, desde el amanecer hasta bien caída la noche, de cuetes y toda clase de artefactos de pólvora.

Cuando cursaba el sexto de primaria y mi primero de secundaria, en los rudimentarios conocimientos de química en las propias escuelas, me inicié en la fabricación de pólvora colorida, de la que al producirse su explosión estallaban nubes de colores: verde, roja, blanca; sin duda porque las fiestas se pintaban con los colores de la bandera. Aprendí también a fabricar pólvora negra, la más común y vulgar.

El Ángel de la Guarda que protegía a mis condiscípulos y a mí mismo laboraba horas extra y al borde, seguramente, de la histeria; gracias a sus buenos oficios no tuvimos accidentes que lamentar.

El 4 de julio de cada año Acámbaro celebra el aniversario de la patrona del pueblo, la Virgen del Refugio, a quien, según reza su lema de batalla, es abogada de las causas difíciles y desesperadas. Desde las seis de la mañana y durante todo el día, cualquier forastero en el pueblo pensaría: estamos en plena guerra. Todo el día es un constante ruido de los cohetes que ascienden al cielo con su característico silbido y explosión.

En la noche, bueno, esa es otra cosa. Los castillos —que son torres de luces a base de artefactos de pólvora multicolores— convocan a la población a esas celebraciones en el atrio de la iglesia de San Francisco, exconvento, y el cielo se convierte en un escenario de luces que, aun al escribir estas líneas, a más de 60 años de lo relatado, la vista se me nubla, mas no los recuerdos.

La quema de Judas, cada Sábado de Gloria. En la esquina donde se ubicaba la cantina-pulquería La Gran Turca, de lado a lado de la calle, en lo alto de las casas de elevados techos, se instalaba una gruesa cuerda y en la parte media colgaban un gran monigote o diablo, Judas, que portaba de pies a cabeza un entramado de cohetes que explotaban en rápida sucesión y convertían al Judas en pedacería, en medio de la algarabía de la gente.

Por años, cuando viajaba al pueblo con motivo de pasar la Semana Santa, solía adquirir Judas de unos 30 a 40 cm que después, ya en Torreón, en ocasión de algún festejo familiar, los tronábamos con el regocijo de los días de infancia y adolescencia, ya idos para siempre.

P.D. El miércoles pasado fue para Torreón día de tomar ceniza y, rauda y veloz, llegará la Semana Santa, muy distinta a la de mi infancia; pero cada época su cultura, de manera distinta, ahora al ritmo de Bad Bunny.

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