Cuánto ha cambiado el mundo
Cuando la vida me permite ingresar a la década de los años 90, la energía física ha disminuido considerablemente, lo que es inevitable. Ya soy viejo y propenso a recordar pasajes de mi vida; en mi niñez y hasta la adolescencia, el escenario de mi existencia fue un pequeño pueblo provinciano, donde la vida citadina estaba penetrada por raíces profundas de contenido rural.
No existían los negocios que ahora denominamos tiendas de
conveniencia, como los Oxxo, los Seven Eleven, etcétera, sino pequeños locales
donde doña Chona, don Pepe, etcétera, ofrecían las más diversas mercancías:
desde el pan cotidiano hasta toda clase de verduras y frutas, o artículos de
costura. Podía, de niño, obtener dulces a un precio de un centavo, cuando aún
circulaban esas humildes monedas.
Jugaba al trompo, al yoyo, a las canicas, o a diversiones
como los encantados.
El cine era una dimensión especial, reservada a una vez por
semana, y no siempre, porque no existían películas destinadas a los infantes;
la clasificación “A” prácticamente no existía. Veíamos cine mudo: Chaplin, el
Gordo y el Flaco, o alguna de viajes imaginarios espaciales, como los de Flash
Gordon, o el primer Tarzán, uno flaquísimo, antecesor del que después saltó a
la fama y que amaba a México, pues pasaba largas temporadas en Acapulco.
No existía la televisión, ni teléfonos celulares, ni
computadoras, ni internet. Los viajes espaciales eran únicamente materia de
desarrollo de la literatura, reservada a Julio Verne y a posteriores autores de
ciencia ficción. La leche era bronca, o sea, del establo a tu mesa, previamente
hervida por razones de salud e higiene; el pan, del horno del panadero a tu
boca; la carne, del matancero a la cocina.
Al caer la noche, las tinieblas dominaban y la paz reinaba
desde el hogar hasta los gallineros y establos. Las madres se acostumbraban a
leer —no todas— a sus hijos relatos para que consiguieran dulces sueños. A
veces, de niño, el terror de demonios, seres extraterrestres o vampiros me
tenía bajo sábanas y cobijas, que presumía, en mi inocencia infantil, como
escudos frente a esos seres amenazantes.
De infante, creía a pies juntillas en la existencia de los
Reyes Magos, que cada año, para el 6 de enero, llegarían a repartir regalos a
los niños (también a las niñas), de buen comportamiento.
La autoridad de padres, maestros y otros personajes
semejantes no se discutía; se obedecía, así fuese de mandatos irracionales o
ilógicos. Los principios morales y éticos, así como los sociales —incluidos los
prejuicios—, se aprendían con el ejemplo de los mayores, con interminables
letanías religiosas o con la aplicación de castigos graduados según la falta:
desde la privación de ir al cine o de algún postre favorito, hasta sufrir
reglazos, tablazos o cintarazos. Se suponía que un buen castigo, aplicado a tiempo,
hacía un hijo bueno y un ciudadano cumplido.
No existía el crimen organizado, y el desorganizado era
ocasional. Se hablaba de la existencia de los robachicos, pero jamás supe de
ningún caso en mi mítico pueblo mágico, Acámbaro. El único asunto de esa clase
fue el que todo el país conoció como “El Niño Bohigas”, ocurrido en 1940.
Paralelamente a esta existencia, el país crecía en los
planos económico, social, cultural y político, bajo la influencia de la
Revolución de 1910–1917, en un esquema de desarrollo capitalista en lo
económico, y democrático en lo político, que dominó al país hasta la década de
los años ochenta y que, por sus errores y excesos, declinó. En el presente, se
proclama por el actual partido político denominado Morena como un desarrollo de
humanismo mexicano (¿?) y de una verdadera democracia, propuesta por el “pueblo
bueno y sabio”.
En el camino, a lo largo de noventa años, mi pueblo pasó a
ser una ciudad de poco más de cien mil habitantes.
El trompo, el yoyo, los encantados, el pan de dulce, la
leche bronca y un largo etcétera han desaparecido; ahora contamos con
televisión, con múltiples canales, con internet, con teléfonos celulares.
Ya es historia la Segunda Guerra Mundial y, con ella, el
nacimiento de la era atómica; sin embargo, hemos seguido guerreando
continuamente: desde la guerra de Corea hasta los actuales conflictos de
Rusia-Ucrania, Israel y los Estados Unidos contra Irán.
El hombre ya pudo hacer realidad el sueño de llegar a la
Luna, y la carrera espacial ya empezó. Los avances en la ciencia son constantes
y acelerados en todas las materias: la medicina, la ingeniería, las
comunicaciones, los aparatos domésticos, etcétera. Como ha sucedido desde que
el hombre empezó su andar en esta Tierra, seguirá avanzando y progresando; cada
generación aportará a la que sigue.
Dependerá de cada una de ellas si logra mejorar para las
mayorías, alcanzar mayor calidad de vida en todos los aspectos y heredar a
hijos y nietos un mundo mejor.
Posdata: Asuntos como el de Osmar, el joven de 15 años que privó de la vida a dos maestras, deben ser objeto de análisis: ¿por qué sucedió?, ¿cuáles fueron las causas?, ¿en qué fallamos?, ¿cómo evitar en el futuro estos casos?, ¿qué vamos a hacer con Osmar?, ¿cómo vamos a ayudar a las familias de las maestras?
Comentarios
Publicar un comentario