Un ahuehuete ha desaparecido / A Don Sergio Pérez Merodio
A Don Sergio Pérez Merodio

Ha desaparecido un ahuehuete.
Como esos árboles centenarios que dan sombra y cobijo a generaciones, mi compadre —casi centenario, hombre de larga vida— llegó al final de su existencia. Bajo su sombra cobijó a una familia y a una pléyade de amigos que tuvimos la fortuna de gozar de su presencia bienhechora.
A veces, los encuentros más significativos parecen obra del azar y no dejan de causar asombro. Cuando Sergio y su familia iniciaban su vida en la Comarca Lagunera, nada hacía suponer que nuestros caminos llegarían a cruzarse. Veníamos de lugares distintos, de entornos diferentes y, sin embargo, la vida se encargó de unirnos.
Sergio y Zoilita, con sus hijos pequeños, se establecieron en la colonia Las Rosas, en Gómez Palacio. A él lo habían designado a un puesto directivo en una sucursal del Banco de Londres y México, que a mediados del siglo XX se transformó en el Banco Internacional. Por ello tuvo que trasladarse a su nuevo destino laboral: la planta baja del edificio Monterrey, en la ciudad de Torreón, Coahuila.
Por esas mismas fechas —alrededor de 1965—, mi esposa Irma y yo fuimos trasladados de la sucursal del Banco Nacional de Crédito Agrícola de Monterrey a la de Gómez Palacio. Hasta entonces no nos conocíamos, pero una coincidencia cambió e
so para siempre. Una noche asistimos a un evento artístico donde se escenificaba una canción muy de moda, “Fue en un café”. Mi esposa reconoció entre el público a una antigua compañera de trabajo de la Ciudad de México. Iba acompañada de su esposo, Ricardo Medina. Días después, gracias a ellos, conocimos a la familia Pérez Merodio. Ricardo y Sergio habían sido colegas en el mismo banco en la capital.
Fue curioso que, mientras Martha y Ricardo se marcharon poco después a otros horizontes, la amistad de la familia de Sergio y Zoilita y la nuestra se solidificó. Nuestras familias comenzaron a reunirse cada fin de semana. Nuestros hijos, casi de la misma edad, crecieron juntos. Compartimos valores, creencias y una forma semejante de entender la vida.
Sergio y Zoilita enfrentaron con entereza los años desafiantes de la adolescencia de sus hijos mayores, Miriam y Sergio. Nosotros observábamos de cerca las decisiones, conflictos y problemas propios de esa edad, aprendiendo de sus experiencias, sabiendo que unos años más tarde nos tocaría pasar por lo mismo con Laura y Octavio. Más de una vez le dije a mi compadre: “Te agradezco, Sergio, que la vida te haya puesto antes que a nosotros en ese camino. Han sido maestros involuntarios; lo que ustedes viven nos prepara para lo que viene.”
Hay recuerdos que resumen una relación entera. Después de varios años de convivencia, a Sergio le ofrecieron la oportunidad de emigrar a otra plaza como funcionario bancario, con indiscutibles mejores condiciones y prestaciones. Sin embargo, eso implicaba dejar la Comarca Lagunera. Supimos entonces que sus hijos mayores, ya en secundaria y preparatoria, se negaron a partir. Le dijeron a sus padres: “Ustedes se van, nosotros nos quedamos con los Orellana.”
Esto no cristalizó y no fue necesario, pero ese detalle dibuja con maestría lo que hasta la fecha nos funde en un solo crisol: una sola familia, unida por afecto y memoria, aunque con el tiempo nuestros caminos hayan seguido rumbos distintos.
Posdata:
Querido compadre, te vamos a extrañar. Prepara, junto con Irma y Zoilita —que ya se nos adelantaron—, el sitio en que vamos a poder seguir disfrutando de nuestra mutua compañía y de tu amena charla.
A veces, los encuentros más significativos parecen obra del azar y no dejan de causar asombro. Cuando Sergio y su familia iniciaban su vida en la Comarca Lagunera, nada hacía suponer que nuestros caminos llegarían a cruzarse. Veníamos de lugares distintos, de entornos diferentes y, sin embargo, la vida se encargó de unirnos.
Sergio y Zoilita, con sus hijos pequeños, se establecieron en la colonia Las Rosas, en Gómez Palacio. A él lo habían designado a un puesto directivo en una sucursal del Banco de Londres y México, que a mediados del siglo XX se transformó en el Banco Internacional. Por ello tuvo que trasladarse a su nuevo destino laboral: la planta baja del edificio Monterrey, en la ciudad de Torreón, Coahuila.
Por esas mismas fechas —alrededor de 1965—, mi esposa Irma y yo fuimos trasladados de la sucursal del Banco Nacional de Crédito Agrícola de Monterrey a la de Gómez Palacio. Hasta entonces no nos conocíamos, pero una coincidencia cambió e
so para siempre. Una noche asistimos a un evento artístico donde se escenificaba una canción muy de moda, “Fue en un café”. Mi esposa reconoció entre el público a una antigua compañera de trabajo de la Ciudad de México. Iba acompañada de su esposo, Ricardo Medina. Días después, gracias a ellos, conocimos a la familia Pérez Merodio. Ricardo y Sergio habían sido colegas en el mismo banco en la capital.
Fue curioso que, mientras Martha y Ricardo se marcharon poco después a otros horizontes, la amistad de la familia de Sergio y Zoilita y la nuestra se solidificó. Nuestras familias comenzaron a reunirse cada fin de semana. Nuestros hijos, casi de la misma edad, crecieron juntos. Compartimos valores, creencias y una forma semejante de entender la vida.
Sergio y Zoilita enfrentaron con entereza los años desafiantes de la adolescencia de sus hijos mayores, Miriam y Sergio. Nosotros observábamos de cerca las decisiones, conflictos y problemas propios de esa edad, aprendiendo de sus experiencias, sabiendo que unos años más tarde nos tocaría pasar por lo mismo con Laura y Octavio. Más de una vez le dije a mi compadre: “Te agradezco, Sergio, que la vida te haya puesto antes que a nosotros en ese camino. Han sido maestros involuntarios; lo que ustedes viven nos prepara para lo que viene.”
Hay recuerdos que resumen una relación entera. Después de varios años de convivencia, a Sergio le ofrecieron la oportunidad de emigrar a otra plaza como funcionario bancario, con indiscutibles mejores condiciones y prestaciones. Sin embargo, eso implicaba dejar la Comarca Lagunera. Supimos entonces que sus hijos mayores, ya en secundaria y preparatoria, se negaron a partir. Le dijeron a sus padres: “Ustedes se van, nosotros nos quedamos con los Orellana.”
Esto no cristalizó y no fue necesario, pero ese detalle dibuja con maestría lo que hasta la fecha nos funde en un solo crisol: una sola familia, unida por afecto y memoria, aunque con el tiempo nuestros caminos hayan seguido rumbos distintos.
Posdata:
Querido compadre, te vamos a extrañar. Prepara, junto con Irma y Zoilita —que ya se nos adelantaron—, el sitio en que vamos a poder seguir disfrutando de nuestra mutua compañía y de tu amena charla.
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