Volaré, Volaré

 
Buenos Aires, octubre 2022

Viajar miles kilómetros en un vuelo de 9 a 10 horas, sin escalas, sucede ahora el mundo cientos de veces cada día y no reparamos que apenas hace más o menos cien años iniciaron los vuelos transnacionales destinados a viajeros. Trasladarse en horas de la Ciudad de México a la urbe argentina de Buenos Aires me parece asombroso.

Para empezar el avión que nos llevó: un Boing 787-8 con capacidad para con más de 400 pasajeros y tripulación. El poderío de sus motores es de tal magnitud que logra realizar esa tarea a diario, levantando cientos de toneladas de peso para después “aterrizarlos” con un rango de seguridad mayor que si viajamos en automóvil o en otro medio de transporte.

En el vuelo, confinado al pequeño espacio destinado a pasajeros de “clase turista”, seleccioné la más reciente película de Clint Eastwood que en inglés se llama “Cry Macho”, que para mí nivel mínimo de inglés significa: “Macho llora” o “Llora Macho”. El actor, de ochenta o noventa años, según la película, todavía despierta pasiones, de una muy “pasable” viuda. Como en la vida real esa es la edad del actor, ya no actúa en confrontaciones violentas, esas que le dieron fama: ya se mueve con cierta parsimonia, lo que es explicable de acuerdo con la condición del personaje que representa, pero lo que pierde en ese terreno lo gana en inteligencia y astucia. A mis cuatro lectores se las recomiendo.

Después de la crisis de la “maleta desobediente”, el viaje transcurrió sin incidentes, ni contratiempos, ni en la aduana mexicana, ni en la Argentina.

Al arribar al aeropuerto de Buenos Aires, una realidad que por sabida de oídos no dejó de sorprenderme. El viaje de taxi del aeropuerto al hotel se cotizó en varios miles de pesos argentinos. Pensé, cuando supe la cantidad que costaría el traslado: “no quiero comprar el taxi, sólo pagar un viaje”.  Y es que el peso argentino frente al dólar vale una miseria. El taxista nos lo confirmó, viven en permanente crisis, tienen alrededor de un 10% de inflación mensual, así que las mercancías y servicios se encarecen casi a diario.

De locura.

Más aún, el dólar se cotiza en los bancos o en transacciones con tarjetas de crédito o débito a $140.00 pesos argentinos por un dólar; en el mercado “negro”, que opera por todos lados, en las tiendas o negocios, en los barrios turísticos, y a vía de ejemplo, en tres o cuatro cuadras de la transitada vía de La Florida donde se ubica el famoso Mall Galerías Pacífico, se cotiza a $280.00 pesos argentinos por dólar. Le llaman el dólar blue y hay toda una graduación en el pago: la cantidad mencionada se recibe si el billete es de $100.00 dólares y de “carita” grande, es decir, la de Benjamín Franklin; si el billete es menor de $100.00 dólares, la oferta va disminuyendo a $270.00 o $260.00.

Al día siguiente de nuestra llegada, que lo fue alrededor de las 12:00 de la noche de Buenos Aires (dos horas más del horario de México), salimos a caminar y por fortuna a pocas cuadras (o calles) encontré una librería especializada en obras de Derecho, la Editorial la Rocca, que tiene como tema preferido el de estudios periciales en caligrafía (lo que nosotros llamamos grafoscopía), o en balística: lo que buscaba.
El dueño de la librería y de la editorial nos atendió y resultó que conocía México, por haberlo visitado unas dos docenas de veces para asistir a las ferias del Libro de Guadalajara; además que conocía y tiene relación con un  amigo común: Don José Antonio Pérez Porrúa, propietario de una famosa editorial mexicana especializada en libros de Derecho.

De inmediato puso ante mis ojos unos 20 libros del tema de pericia caligráfica en medio de una plática amena de más de dos horas, mientras examinaba y seleccionaba las obras que iba a adquirir. Finalmente elegí más de la mitad de ellas, su propietario, Don Alfonso de la Rocca, ahora mi amigo, me indicó que los podía adquirir a razón de $280.00 pesos argentinos por dólar, si los pagaba en billetes “verdes”. Como ya venía preparado “como dijo el Chapulín Colorado”, el negocio concluyó felizmente para ambas partes.

El problema de su adquisición derivó al asunto del peso de los libros. La maleta, en su retorno, no debía exceder de 23 kilos, o sea, el posible dilema: “o ropa, o libros”, y en este caso, no hay duda, serán libros los que viajarán.
 
P.D. Viajé con el mínimo de prendas de vestir. Durante más de diez días parte del atuendo no variaba. Como si fuera retrato.

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