Vida contemplativa

La ventaja (o desventaja) de formar parte de un círculo de lectura, que generalmente es cuadrado o rectangular, radica en que se eligen obras que, de no pertenecer a este tipo de grupos, no serían objeto de nuestros desvelos.

El más reciente trabajo que se nos propuso se trata de una obra del filósofo surcoreano Byung-Chul Han, en cuya contraportada del libro titulado Vida contemplativa se le señala como uno de los filósofos más leídos del mundo.

De mi parte, el título Vida contemplativa me envió a la idea de los recintos medievales, conventos; a la idea de una existencia de monjes, entre ellos los cartujos, que a los votos de castidad, pobreza y obediencia agregaban el del silencio, y en cuyos diarios periodos de oración es lógico suponer que los conducían a una vida de recogimiento.

Para este filósofo, la vida contemplativa se refiere a periodos de inactividad de la persona que no deben entenderse como un no hacer, como un lapso en que nos recuperamos de nuestra incesante tarea de desarrollar actividades productivas, sino a la quietud de la naturaleza, a la ética de la inactividad propuesta por el filósofo alemán Martin Heidegger.

La vida moderna está dominada por la acción. No entendemos el transcurrir del tiempo sin dedicarle alguna actividad, y esta debe tener un fin o un propósito, y este debe arrojar resultados. En esencia, este párrafo anuncia un modo de vida occidentalizado; es decir, vivimos para producir, para arrojar resultados, para tener éxito, y en esa persecución de fines marginamos meditar sobre lo que es en realidad valioso en la vida. Nos olvidamos de que es prudente hacer paradas y contemplar, y en ese estado escuchar, abrir nuestra alma, nuestro corazón, a lo que nos rodea, a reflexionar, como lo expresa el poema conocido que parte de una premisa reflexiva nutrida en la contemplación de valores que son el resultado, el sustento de la sabiduría:

Señor, concédeme la sabiduría para aceptar las cosas que no puedo cambiar,
valor para cambiar las cosas que puedo cambiar,
y la sabiduría para reconocer la diferencia.

En ese tenor, la inteligencia artificial nunca podrá igualar al ser humano. Ella está diseñada únicamente para la acción y para arrojar resultados; es ajena a emociones, a sufrir, soportar, tolerar estados de ánimo. Así lo expresa este filósofo. Nosotros agregamos: la máquina, aun las supercomputadoras como la futura Coatlicue, de seis mil millones de pesos, jamás podrá colocarse en una inactividad contemplativa, ya que solo conoce dos estados: encendido y apagado. Es incapaz de amar, odiar, cuidar, sacrificar, etcétera, y esos estados anímicos son precisamente los más importantes en este tipo de vida, porque dedicamos tiempo a escuchar y no únicamente a actuar.

De mi parte, este filósofo nos propone que en la vida es tan importante la acción como la no acción, si esta se entiende como tarea de meditación. Cuando el sistema económico y el propio mecanismo existencial te jubilan de la vida activa, como es mi caso, es de suponer que la vida brinda mismas oportunidades de prestar atención a propuestas filosóficas como las que propone este afamado surcoreano.

Posdata: En las inolvidables películas 2001: Odisea del Espacio y 2010: El año en que hacemos contacto, aparece la supercomputadora HAL 9000, que dialoga con sus astronautas y responde con emociones, al grado tal que acepta sacrificarse para salvar seres humanos. Como siempre, estimado lector, si no has visto las películas, no dejes de hacerlo; supongo que ya están al alcance de cualquier sistema de video, y gratis.


21 de abril de 2026

Comentarios